Hace poco me fijé en un perfil de Instagram que decía lo siguiente:

120 países y contando.

Y me paré a pensar.

¿Es eso de lo que se trata?

¿Viajamos para fardar del número de países en los que hemos estado?

¿Viajamos para subir fotos súper monas a Instagram posando en todos los continentes?

¿Viajamos para que se nos vea viajar?

Yo empecé a viajar a los 15 años.

Sola.

Sin móviles.

Sin Facebook.

Sin fotos.

Sin apenas comunicación con los míos.

Desde entonces, llevo 37 años recorriendo mundo.

Y no paro de contar países.

Pero, no se trata de eso.

Ni se trata de subirme a un bus Hop On Hop Off y esperar en colas infinitas intentando ver el máximo número posible de atracciones.

Ese desespero, para mí, no es viajar.

Ese alarde, para mí, no es viajar.

Para mí, viajar, es perderse en los pequeños callejones de una ciudad y observar el ir y venir de la gente.

Aprender su idioma, intentar comunicarme con ello/as y comprender su manera de ser.

Coger trenes, hacer rutas que no aparecen en los mapas de Google, explorar a fondo cada destino.

Tere Rodriguez en un rio en Nueva Zelanda

 

¡Uy, Tere! ¡Qué bucólico! ¡Pero, eso no siempre es posible!

¿Por qué no?

No te estoy hablando de pasarte dos, tres, cuatro semanas en un sitio concreto.

No es el tiempo que le dedicas a tu viaje, si no la manera cómo lo llevas a cabo.

Tu mentalidad.

Una mentalidad que, como viajero/a nómad@50+, creo que sabrás apreciar.

Hoy en día lo llaman Slow Travel.

Para mí, es la única manera de viajar.

Y la manera como siempre he viajado.

Desde hace 37 años.

No es ni la longitud ni la cantidad, si no la profundidad.

 

¿Qué es el Slow Travel?

El concepto Viaje Slow surge a raíz del movimiento Slow Food, que se originó en Italia en la década de los ochenta como protesta contra la apertura de la cadena McDonald’s en Roma.

El objetivo de sus propulsores era preservar la cocina regional, la agricultura local, las comidas comunales y los métodos tradicionales de preparación de alimentos.

Desde entonces, esta iniciativa cultural ha dado lugar a un estilo de vida conocido como Slow Movement, cuyo eje es la “conexión”: con la comida, con las familias y, en el caso de los viajes, la conexión con la gente y la cultura locales.

El viajero/a Slow no se obsesiona con intentar incluir el máximo número posible de lugares de o ciudades interés en cada viaje.

El viajero/a Slow se toma su tiempo para explorar cada destino a fondo y experimentar la cultura local.

Los viajero/as Slow preferimos conocer bien un área pequeña de una localidad, región o país, que ir botando de una ciudad a la otra, sumando el máximo número posible de atracciones turísticas.

De esta manera, tenemos nuevos horizontes que explorar en nuestros próximos viajes.

El viaje Slow toma muchas formas.

Cada uno de nosotro/as tenemos una manera de comprender y crear nuestra experiencia Slow.

En mi último viaje a Estocolmo, caminamos un promedio de 20 kms cada día, ¡en una ciudad que tampoco es tan grande!

Y cuando el frío apretaba al máximo, nos perdíamos en el encantador metro de la ciudad, para ver las obras de arte en sus paradas, observar a la gente saliendo del trabajo escuchándoles hablar en su bellísimo idioma, e incluso acercándonos a barrios periféricos para ver cómo vivía la población menos afortunada.

Otro día cogíamos el autobús local y nos dejábamos llevar a una población cercana.

O un parque natural cercano.

O varios museos gratis (sí, somos un poco ratas y nos negamos a pagar los exorbitantes precios que se piden hoy en día por museos y atracciones turísticas).

Tal vez para ti, mi querido/a viajero/a 50+ viajar slow pueda significar ir en bici de un pueblo a otro, o conducir por carreteras secundarias en lugar de tomar la autopista.

 

Pareja andando por un camino nevado

 

O recorrer un país en tren en vez de avión, como a mí me gusta hacer cuando voy a Vigo a ver a mi hermano, y todo el mundo me dice, ¿qué necesidad tienes de pasarte 10 horas cuando podrían ser tres? Pero, a mí me gusta ver el paisaje a lo largo del camino, escuchar las conversaciones de la gente, leer con calma, escuchar música.

Lo cierto es que, no importa lo que hagas.

La clave es ralentizar la marcha y aprovechar al máximo cada momento y cada detalle de tus vacaciones.

Y si puedes convertirlo en una temporada sabática o en el estilo de vida que yo te propongo, mejor que mejor.

El viaje slow empieza en la fase de planificación.

Para empezar, buscas destinos desconocidos que te faciliten este tipo de viaje.

Buscas opciones de viaje que te permitan compartir con los locales y conocerlo/as a fondo (o tan a fondo como puedas).

Descartas las actividades masificadas y excesivamente comercializadas.

Y buscas el encanto en lo diario.

Lo cotidiano.

Lo local.

 

¿Por qué Viajar Slow a los 50+?

Porque, tú y yo sabemos que a nosotro/as, eso de hacer colas, caminar por calles abarrotadas de turistas, luchar para que te sirvan en uno de los restaurantes más populares de TripAdvisor.

Si lo habías hecho alguna vez, era por tus hijos, ¿verdad?

O por otros miembros de la familia.

Pero, ahora, prefieres otra forma de viajar.

Una forma que involucre todos tus sentidos.

Que te permita “estar” en un sitio.

Vivir el presente de ese sitio.

Observar.

Tocar.

Escuchar.

Ver la ropa colgando en las terrazas.

 

Ropa colgando de las terrazas

 

Disfrutar del olor del pan recién hecho a las 7 de la mañana (cuando los turistas todavía se reponen de su resaca)

Sin prisas.

Sin tener que tachar todos los lugares de interés de tu lista.

Deslizándote de forma natural al ritmo de otra cultura.

Otra ventaja de Viajar Slow es que generalmente es mucho mejor para el medio ambiente que otros tipos de viajes.

Sabemos que el vuelo aéreo es uno de los principales contribuyentes del calentamiento global.

Es cierto, no siempre tenemos demasiadas alternativas.

Yo podría hacer la ruta Australia-Europa (que suelo hacer dos veces por año) por mar y tierra si tuviese cinco o siete meses disponibles cada vez (¡que espero tenerlos pronto!), pero por ahora, es impepinable: avión, sí o sí.

Pero, si puedes evitarlo, coge el tren.

Es una alternativa mucho más ecológica.

Muévete en bici.

Anda.

Incluso viajar en automóvil (si es eléctrico o híbrido, sobre todo), es menos perjudicial para el medio ambiente que el avión.

El Viaje Slow es bueno también para tu presupuesto.

Permanecer en un lugar durante una semana o dos o más reduce los costos de transporte.

Los alquileres vacacionales suelen ser más rentables que los hoteles, ya que te permiten cocinar tu propia comida en lugar de comer fuera.

Además, siempre puedes intentar negociar un descuento por estancias más largas.

Y si eliges un intercambio de casa, ¡los ahorros se multiplican!

Una cosa a tener en cuenta: si bien el ritmo de los viajes slow es mucho más pausado y relajado, acercarse a una nueva cultura es más desafiante que simplemente ir recorriendo los principales sitios turísticos.

Gran parte de la recompensa de un viaje lento es superar las barreras del idioma, las diferencias en las costumbres y otros posibles obstáculos para establecer conexiones con las nuevas personas que encuentras en el camino.

¿Que encuentras un destino que te fascina?

Regresa.

Y la segunda vez, quédate más tiempo.

Organízate para poder conocerlo más a fondo.

Prepárate aprendiendo el idioma.

A mí me fascinó Finlandia, su idioma y sus gentes.

Y quiero volver lo antes posible.

Quiero comprender las bases de su lenguaje.

Empezar a formular frases.

Y poder comunicarme más allá de “Kidos” (gracias).

Me fascinó su amable gente, sus costumbres y la increíble belleza natural del país.

Y voy a hacer todo lo posible por regresar con tiempo, y poder hacerme participe de sus costumbres.

Con tiempo.

Sin agobiarme por sumar países.

Ni por lucirme en Instagram.

Eso, es slow Travel para los 50 o para cualquier edad.

Maravilloso, ¿verdad?

 

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